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lunes, 3 de febrero de 2014

No dejo llorar a Canija y seguiré cogiéndola en brazos

Estoy hasta las narices de escuchar que no pasa nada porque mi Canija llore. Qué manía tiene la gente de decir que hay que dejar a los peques llorar y no cogerlos tanto en brazos.

Yo sé cómo quiero criar a mis hijos y ni un pediatra, ni una profesora, ni una enfermera, ni una vecina, ni el celador del hospital va a decirme cómo.

Yo no voy a ir contra mis instintos porque no lo concibo, no me voy a negar a mí misma, así que sí pasa si la dejo llorar. 

La semana pasada tuve la reunión con la profesora de Canija y me recomendó que no debería cogerla tanto, que debería dejarla llorar de vez en cuando, que Canija allí llora muy poco y está muy bien. Y yo, muy amablemente la expliqué que entiendo perfectamente que ella la deje llorar porque tiene 7 bebés más que atender, que yo cuando estoy limpiando el culo a mis otros dos hijos o haciendo algo con ellos que no me permite cogerla en brazos o estoy cocinando o si su seguridad peligra si yo la cojo, tampoco lo hago y la dejo llorar. Y que también entiendo que mi hija no la persiga como a mí llorando y que allí apenas llore, porque entre otras cosas ella no es su madre y si lo intentó y no lo consiguió al final terminó rindiéndose. Pero que si yo tengo mis brazos libres y mi hija los necesita yo se los daré siempre. Que no se trata de que se acostumbre para que así tenga menos angustia cuando la dejo cada mañana, sino que yo creo que es un proceso que tiene que ir superando y quiero que lo viva como algo natural. Que pienso que negarle algo que le crea ansiedad todavía va a producirla más y yo siempre que pueda estaré allí con los brazos abiertos.

Y perdona si estoy segura que mi hija es lo suficientemente lista para diferenciar cómo comportarse con unos o con otros, pero ella así me lo demuestra cada día y a nadie, excepto a mí, ha intentando cogerle una teta y ponerse a mamar.

Canija sigue teniendo ansiedad aunque cada día va un poco mejor. Yo la dejo cada mañana y cuando ve a la cuidadora del horario ampliado la sonríe, pero cuando la coge hace pucheros mientras yo la doy un beso y me voy. Y a mí me da mucha pena también cuando me voy y la dejo allí y si no fuera porque está mal visto lloraría, pero no lo hago y me voy muy triste al trabajo. Hemos avanzado en estas semanas y ahora ya no llora cuando me ve, sino que me espera con una sonrisa de oreja a oreja a que vaya a cogerla y darla el pecho, mientras su hermano llega corriendo antes y la abraza. 

De verdad es que me cuesta mucho entender por qué la gente tiene la manía de meterse en como crío a mis hijos si yo no se lo he pedido.

He visto esta imagen en internet y me ha resultado muy graciosa. Quizá dentro de unos años sea alguno de mis hijos los que salgan en esa foto :)

viernes, 15 de junio de 2012

Lágrimas

Llorar está asociado con el dolor y las emociones. A mí me parece algo tremendamente necesario para suavizar el nivel de estrés y frustración. A mis hijos les digo que llorar no es malo, que es bueno expresar las emociones y que si la ira o la frustración necesitan canalizarse a través del llanto, pues no pasa nada. Yo soy muy llorona, de derramar lágrimas por cualquier cosa, aún cuando intento retenerlas sin conseguirlo. Mi cuerpo no está preparado para escuchar llorar a mis hijos, cuando les oigo se me encoge el alma, me pongo nerviosa, tensa, pero hay veces que no queda más remedio, por muchos y dispares motivos.

Ayer descubrí en menos de 30 minutos la diferencia entre el dolor físico y el emocional. Llevé por la mañana a hacerle una analítica a mi Pequeñín para comprobar una posible alergia al marisco. Esta vez me dejaron pasar con él y aunque le pedí a la enfermera que me permitiera darle el pecho sin conseguirlo, por lo menos, no me echaron para extraerle sangre. Es imposible no estar nervioso cuando un auxiliar te inmoviliza y la otra se acerca con una aguja, pero estoy segura que mi presencia, mi mano en su cara y mis palabras le ayudaron a sobrellevarlo. Lloró cuando le pinchó, pero no derramó ninguna lágrima. En 10 segundos estábamos en un sofá mientras él tomaba tetita y se cantaba. Yo tenía que volver al trabajo, así que le llevé a la escuela infantil. ¡Ay, madre! Llorar es poco. Intentaba zafarse mientras yo cerraba la puerta. Estaba rojo de ira, de impotencia, de frustración. Me fui de allí con el corazón encogido, con ganas de tomarme el día libre, pero era imposible. Su llanto era totalmente distinto y la sensación que producía en mí, también.

El otro día estaba dándole el pecho a mis hijos, a los dos, hacía mucho que no lo tomaban a la vez. Ambos habían merendado, la temperatura de casa era la correcta, estaban en mi regazo, encima mía, junto a mamá, y decidieron pelearse. Mi Bichito quería comer a la vez que su hermano, mi Pequeñín empezó a hacerle un piquete de ojos para que ella no comiera teta, ella empezó a empujarle y yo ahí en medio, recibiendo pellizcos, arañados y tortazos. Se acabó, pero qué es esto? y decidí que así no comía ninguno. No sé el tiempo que estuvieron llorando, no había forma de consolarles si no les daba teta y yo no lo iba a intentar de nuevo, no estaba dispuesta. Entré en estado zen, respiré hondo y esperé a que se calmarán, fácilmente pasaron 20 minutos. Apareció mi marido y creo que apunto estuvo de cerrar de nuevo la puerta sin entrar en casa. Fue una situación tremendamente estresante y muy frustrante para ellos, tiene narices que el que tiene más envidia es mi Pequeñín de su hermana cuando la ve tomar teta. No han vuelto a pelearse, pero cierto es que tampoco he vuelto a darles teta a los dos a la vez.

Las rabietas ya tienen mención a parte. Mi Pequeñín, de tan sólo 14 meses, ya ha tenido alguna. De hecho sus rabietas son mucho más inesperadas y de mayor violencia que las de mi Bichito. Una vez tuve hasta que inmovilizarle por miedo a que se hiciera daño, a mi Bichito jamás le ha ocurrido algo así. Son poquitas, dispersas, pero cada vez que tiene una te encoge el alma. Las de mi Bichito ya no sólo son cada vez más esporádicas, sino que son de baja intensidad. Reconozco que es una niña con la que se puede razonar y que tiene mucho autocontrol a la hora de calmarse. Con mi Pequeñín ando más desconcertada y por suerte han sido contadas con una mano, pero su pronto es más explosivo, mucho más enérgico y agresivo y descoloca a cualquiera. No saber cómo ayudarle me desencaja y me siento desubicada, como si no le conociera, como si no pudiera protegerle siendo su madre. Su manera de manifestar su frustración es frustrante para mí como madre y tengo miedo de que pueda hacerse daño.

Nuestras decisiones interfieren en nuestros hijos, en sus emociones, en su bienestar, pero a veces no podemos evitar que se frustren en muchos sentidos, aunque eso hace que nos sentamos como los peores padres del mundo.

¿Os ha ocurrido algo parecido con vuestros hijos? ¿Habéis vivido situaciones con ellos que a veces os superan?