La noche ha sido horrorosa, pero peor es el estado anímico que me ha dejado. He pasado toda la mañana enfadada y gracias a este enfado no he bostezado ni una sola vez. Todavía tengo los músculos de la cara tensos, pero he pasado de estar enfadada a triste. Triste porque últimamente grito más de lo que debería, mi paciencia está en menos 50, mi cansancio es un suma y sigue y me cuesta mucho controlarme. Me he vuelto una gruñona y gritona y me siento fatal por ello. Cada vez que lo pienso me arrepiento e intento cambiarlo sin conseguirlo. Ahora mismo no me gusto nada, pero nada, nada, nada.
Sé que soy muy crítica conmigo misma pero lo único que me apetece es llegar a casa y abrazarles, pedirles disculpas por tener una madre tan gruñona y gritona últimamente, pero luego todos estos pensamientos se disipan y no soy capaz de frenar cuando empiezo a enfadarme. He llegado a un punto que creo que grito por sistema, que en cuanto Pequeñín no me hace ni puto caso le repito las cosas dos veces y lo siguiente es un grito. Él llora, me pide que no le grite y yo me doy cuenta de que otra vez me he vuelto a pasar, pero me está costando muchísimo gestinar mi ira.
Las noches son mucho peores y aunque intento centrarme en el amor que siento por mi Canija, esta semana no lo estoy consiguiendo y levanto demasiado la voz. Tanto que creo que siempre hablo muchos decibelios por encima que el resto de las personas.
Hoy es uno de esos días en los que me gustaría llegar a casa, acurrucarme en la cama y llorar como una niña pequeña y como no podré lo hago mientras escribo estas palabras.



