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lunes, 23 de marzo de 2015

Ni terribles 2 ni 3 ni 4

No puedo más. Lo intento, me repito una y mil veces que me controle, que no le grite, que tenga paciencia. Pero mi paciencia se agota y cada vez más y no es justo para sus hermanas tener una madre enfadada cada mañana.

Pequeñín es, por decirlo de alguna manera, difícil, siempre lo ha sido. Todavía recuerdo su primera rabieta, con 1 año recién cumplido, en el que tuve que inmovilizarle para que no se diera golpes, de como se puso. Aquel día terminé llorando trastornada por lo que había pasado, estaba claro que apuntaba maneras. La rabieta más virulenta de su hermana mayor (Bichito) fue la menor de él.

A medida que ha ido creciendo ha ido aumentando. Sus rabietas últimamente son constantes, liándose a patadas a gritos y a lloros, si no obtiene lo que quiere. Pero lo peor es el día a día. A todo dice que no, desayunamos? NO, nos vestimos? NO, nos vamos? NO, nos quedamos? NO y un largo etcétera, que acaba con la paciencia de cualquiera.

Y yo estoy harta, hasta tal punto que todavía estoy enfadada por la de hoy. Tengo que contenerme muchísimo, porque mi ser está llegando a un momento de rabia en el que me da la sensación que llegará estallar y que no soy capaz de controlar. Estoy cansada de que no quiera desayunar, no quiera vestirse, no quiera comer, empiece a decir "Puaj, qué asco!" cuando no quiere algo, cansada de pedirle que se ponga las zapatillas y que le importe una mierda y comience a jugar con ellas, que le pida que recoja y pase de mí, que le diga lo que sea y que sea justo lo contrario.

Estoy cansada de explicarle las cosas, porque no funciona. Estoy cansada de que el diálogo con él no sirva de nada. Agotada de esperar que esta situación cambie, porque en vez de mejorar, va de mal en peor cada día. Me siento realmente impotente de no conseguir hacer que esta situación cambie, empezar de buenas maneras y terminar gritándole exasperada de los nervios. Y lo peor es que me parece super injusto para el resto de la familia. Sus hermanas tienen una madre enfadada cada mañana porque al niño no le apetece hacer nada más que todo lo contrario y que a cualquier cosa que le pido, su respuesta es un no. Y da igual que me ponga a hacerlo con él o que le ayude, pasa olímpicamente de mí. Además, la forma que tiene de relacionarse con sus hermanas, es muy cansina. A Canija no la deja en paz, avasallándola, molestándola y apretándola todo el rato hasta que la hace daño y ella llora, y ahora le ha dado por gritar a Bichito al oído y pegarle algún puñetazo.

Una vez una coach me dijo que la rabia era un sentimiento que sólo duraba 20 minutos en el cuerpo, en mi caso llevo hoy así desde las 8 y ya son casi las 12. Y lo peor es que los sentimientos que nacen de mí no son positivos, más bien son negativos. Y me siento exhausta de luchar cada día contra él, cuando yo lo que quiero es ir junto a él, ayudarle y apoyarle en el día a día, que crezcamos juntos, pero es que me lo pone realmente difícil.

Con mi marido es igual, sólo que su paciencia ya está muchísimo más consumida y ha llegado a un punto que pedirle de buenas maneras las cosas, no es suficiente.

Pero lo más cojonudo es que si nosotros no estamos, se comporta de manera totalmente distinta. Colabora, ayuda, no grita, no tiene rabietas, acata cada cosa que se pide. Es el mejor niño de la clase, tanto es así que su profesora está alucina. Su monitora de comedor es la misma persona que se queda con mis hijos en verano mientras yo trabajo, pues está flipada de lo distinto que es. Jamás ha tenido que repetirle las cosas dos veces. Y con los familiares y amigos, tres cuartos de lo mismo. Mi madre no puede creer lo que yo le cuento.

Y yo siento rabia, pena, impotencia y un sin fin de sentimientos porque no entiendo y no comprendo por qué narices con nosotros se comporta de esta manera. Por qué la estabilidad familiar depende de él, por qué tengo que estar enfadada cada mañana, por qué al final termino gritando (prometo que lo he intentado, pero soy incapaz de conseguirlo), por qué mis hijas tienen que soportar esta situación continua. Cuando no consigue lo que quiere nos lía una detrás de otra y al final no podemos disfrutar juntos.

Y no se trata de una etapa, no, sino que llevamos mucho tiempo así. Y yo soy positiva, joder que si lo soy, pero hoy me siento perdida y buscando soluciones a esta situación, que no encuentro. No sé qué hacer. Busco alguna manera de conseguir cambiar la forma de relacionarnos y que todo fluya de mejor manera. Hay veces que termino llorando sintiéndome superada por un niño de 3 años que pasado mañana cumple 4. Necesito que esta situación cambie y que no me encuentre luchando con él cada momento del día en el que estamos juntos.

Intento aferrarme a ese niño maravilloso y amoroso que nos quiere con locura, al brillo de sus ojos, a su risa para intentar controlar mi ira, pero ahora mismo tengo unas ganas horribles de llorar. Por más que hablo con él y le explico las cosas, es como si no me escuchara lo más mínimo. Ver que el diálogo no sirve de nada genera un gran sentimiento de impotencia en mí  y me niego a darme por vencida, aunque a veces lo piense.

Si se os ocurre alguna manera o algo que pueda utilizar para intentar cambiar esta situación, os lo agradecería. En este momento me siento muy superada, agotada y abatida, como si cada uno de nosotros fuéramos su sparring, el foco donde libera su negatividad.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Rabietas de mi Pequeñín

Recuerdo la primera rabieta de mi Pequeñín, no había cumplido todavía el año, pero andaba cerca. Ya no recuerdo el motivo de la rabieta, pero sí recuerdo su reacción, empezó a darse golpes por todos los lados y tuve incluso que inmovilizarle para que se calmara, porque no había nada que yo hiciera que consiguiera tranquilizarle y él no paraba de darse cabezados. Lo que me salió fue sujetarle los brazos al cuerpo durante unos segundos y obligarle a permanecer inmóvil y se fue relajando poco a poco. Entonces le cogí de nuevo, le abracé, le besé y lloré junto a él. Recuerdo aquello nítidamente porque me impresionó ver un niño tan pequeño con esa rabieta.

Desde aquella se han sucedido muchas, algunas más violentas que otras, pero cada vez se hace más plausible el carácter que tiene. Y está mal que yo lo diga, pero el jodío niño se parece tanto a mí, con ese pronto y ese arranque de ira, que me da un poco de rabia. La cosa es que yo con los años y la paciencia he conseguido apaciguarme bastante, pero él rezuma mala leche por cada poro cuando se cabrea. Y es lógico, todavía no tiene por qué controlar ni cómo algunas de sus emociones, pero es muy temperamental y nos monta cada una…

Cuando la rabieta más grande de tu hija es la más pequeña de tu hijo, te asustas. Mi Bichito jamás se dio un golpe, jamás se violentó, alguna vez por ahí suelta tiró algo contra el suelo, pero es que mi Pequeñín, ante la primera llevada de contraria, tira lo que tiene en la mano y suele intentar hacer blanco contra el que le regaña. Llora, grita y patalea, se da golpes contra los sitios, se tira contra uno de los laterales de la tienda de campaña o contra el suelo, muerde si te tiene cerca e intenta pegar. Encima tiene fuerza, por lo que si te alcanza con algún juguete te hace daño y si te muerde o te da, tres cuartas de lo mismo. Si intentas consolarle, malo, si te vas, peor, a veces uno no sabe qué hacer, si dejarle que se tranquilice solo o intentar abrazarle, pero si te acercas seguramente te lleves un mordisco o un manotazo. Es muy efusivo con todos sus sentimientos y luego es un niño muy amoroso, cariñoso, sonriente, risueño, pero como le niegues algo que quiere, te la forma fijo.

Suerte que estas rabietas sólo las tiene él, aunque con mi Bichito no nos libramos de muchas otras cosas y es que el cole le encanta, pero el cansancio en ella está haciendo mella. Desde que llegamos a casa ayer a las 16:00 hasta las 17:00 que se durmió porque estaba agotada, estuvo llorando, la desperté a las 18:00 y no paró de llorar hasta las 21:00 que volvió a acostarse. Lloraba por cada cosa, hicieras lo que hicieras, todo le parecía mal.

Hoy me siento mal y un poco triste porque ayer les chillé a los dos, perdí esa paciencia que yo sí debería tener y la misma rabia que invade a mi Pequeñín, la desplegué con ellos. Pasamos la tarde en casa, escuchando lloros y rabietas, enfadada con ellos y malhumorada. Espero que hoy se presente mejor la tarde y podamos disfrutar en familia e intentar borrar la tarde de ayer en la que las lágrimas y las malas caras se apoderaron de nuestra casa.

¿Alguno de vuestros hijos tiene tanto carácter? ¿Cómo manejáis estás situaciones?

viernes, 15 de junio de 2012

Lágrimas

Llorar está asociado con el dolor y las emociones. A mí me parece algo tremendamente necesario para suavizar el nivel de estrés y frustración. A mis hijos les digo que llorar no es malo, que es bueno expresar las emociones y que si la ira o la frustración necesitan canalizarse a través del llanto, pues no pasa nada. Yo soy muy llorona, de derramar lágrimas por cualquier cosa, aún cuando intento retenerlas sin conseguirlo. Mi cuerpo no está preparado para escuchar llorar a mis hijos, cuando les oigo se me encoge el alma, me pongo nerviosa, tensa, pero hay veces que no queda más remedio, por muchos y dispares motivos.

Ayer descubrí en menos de 30 minutos la diferencia entre el dolor físico y el emocional. Llevé por la mañana a hacerle una analítica a mi Pequeñín para comprobar una posible alergia al marisco. Esta vez me dejaron pasar con él y aunque le pedí a la enfermera que me permitiera darle el pecho sin conseguirlo, por lo menos, no me echaron para extraerle sangre. Es imposible no estar nervioso cuando un auxiliar te inmoviliza y la otra se acerca con una aguja, pero estoy segura que mi presencia, mi mano en su cara y mis palabras le ayudaron a sobrellevarlo. Lloró cuando le pinchó, pero no derramó ninguna lágrima. En 10 segundos estábamos en un sofá mientras él tomaba tetita y se cantaba. Yo tenía que volver al trabajo, así que le llevé a la escuela infantil. ¡Ay, madre! Llorar es poco. Intentaba zafarse mientras yo cerraba la puerta. Estaba rojo de ira, de impotencia, de frustración. Me fui de allí con el corazón encogido, con ganas de tomarme el día libre, pero era imposible. Su llanto era totalmente distinto y la sensación que producía en mí, también.

El otro día estaba dándole el pecho a mis hijos, a los dos, hacía mucho que no lo tomaban a la vez. Ambos habían merendado, la temperatura de casa era la correcta, estaban en mi regazo, encima mía, junto a mamá, y decidieron pelearse. Mi Bichito quería comer a la vez que su hermano, mi Pequeñín empezó a hacerle un piquete de ojos para que ella no comiera teta, ella empezó a empujarle y yo ahí en medio, recibiendo pellizcos, arañados y tortazos. Se acabó, pero qué es esto? y decidí que así no comía ninguno. No sé el tiempo que estuvieron llorando, no había forma de consolarles si no les daba teta y yo no lo iba a intentar de nuevo, no estaba dispuesta. Entré en estado zen, respiré hondo y esperé a que se calmarán, fácilmente pasaron 20 minutos. Apareció mi marido y creo que apunto estuvo de cerrar de nuevo la puerta sin entrar en casa. Fue una situación tremendamente estresante y muy frustrante para ellos, tiene narices que el que tiene más envidia es mi Pequeñín de su hermana cuando la ve tomar teta. No han vuelto a pelearse, pero cierto es que tampoco he vuelto a darles teta a los dos a la vez.

Las rabietas ya tienen mención a parte. Mi Pequeñín, de tan sólo 14 meses, ya ha tenido alguna. De hecho sus rabietas son mucho más inesperadas y de mayor violencia que las de mi Bichito. Una vez tuve hasta que inmovilizarle por miedo a que se hiciera daño, a mi Bichito jamás le ha ocurrido algo así. Son poquitas, dispersas, pero cada vez que tiene una te encoge el alma. Las de mi Bichito ya no sólo son cada vez más esporádicas, sino que son de baja intensidad. Reconozco que es una niña con la que se puede razonar y que tiene mucho autocontrol a la hora de calmarse. Con mi Pequeñín ando más desconcertada y por suerte han sido contadas con una mano, pero su pronto es más explosivo, mucho más enérgico y agresivo y descoloca a cualquiera. No saber cómo ayudarle me desencaja y me siento desubicada, como si no le conociera, como si no pudiera protegerle siendo su madre. Su manera de manifestar su frustración es frustrante para mí como madre y tengo miedo de que pueda hacerse daño.

Nuestras decisiones interfieren en nuestros hijos, en sus emociones, en su bienestar, pero a veces no podemos evitar que se frustren en muchos sentidos, aunque eso hace que nos sentamos como los peores padres del mundo.

¿Os ha ocurrido algo parecido con vuestros hijos? ¿Habéis vivido situaciones con ellos que a veces os superan?