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lunes, 14 de abril de 2014

Relación madre-hijo

Klimt
Siempre me ha fascinado el vínculo que se forma entre una madre y su hijo, el grado de complementariedad al que llegan. Yo tengo una relación muy especial con cada uno de mis hijos, basada en el amor y el respeto y definida en función de lo que me necesitan. Pero es en esos primeros meses de vida en el que esa relación se forja y crece a medida que lo hace el bebé.

Mi cuerpo está en sintonía con mi Canija, con mi bebé, y siente y se percata de de sus necesidades mucho antes de que las manifieste o de que otro sea capaz de percibirlo. Prueba de ello son sus despertares nocturnos.

Canija se despierta muchas veces en la noche, mínimo siempre 4 veces, aproximadamente a la misma hora, y son en esos despertares fijos en los que yo me despierto segundos antes. Es absolutamente increíble, poco antes de que ella me reclame yo abro los ojos, pestañeo como sin sueño y afino el oído. Es entonces cuando ella empieza a moverse, a buscar estando adormilada, levanta el culo, se estira y entonces me mira y yo ya estoy mirándola a ella. Me sonríe y yo la devuelvo la sonrisa mientras disfruto observando la pureza de sus sentimientos. La coloco en mi pecho y mientras va cerrando de nuevo los ojos yo sigo pensando en lo fascinante que es la naturaleza sincronizando a una madre y su cría.

Disfruto mucho de esos 4 despertares cuando son únicos, de los despertares que tenemos sincronizados, en los que yo no me muero de sueño y ella me busca pausadamente. Si todas las noches fueran así yo no tendría de qué quejarme porque mi cuerpo está programado para esos despertares y vuelvo a caer en un sueño profundo después de que ella coma.

Son las otras 10 veces las que me matan, las que hacen que mi cuerpo parezca oxidado, que me duelan hasta las pestañas, que sienta que voy a caerme en cualquier momento rendida de cansancio, que mi paciencia desaparezca en décimas de segundo, que sienta como si mi espalda fuera una carretera llena de curvas.

Y sueño con el día en que eso ocurra y Canija sólo se despierte esas 4 veces. Si tuviera que soplar las velas y pedir un deseo, ese sería el mío. Y pensaréis que soy pobre hasta para soñar, pero creo que hay que ser realista y para llegar a no despertarse hay que pasar primero por esto. Así que paso a paso, que para cuando lo consiga estoy segura que podré soplar otras velas, aunque no sean las mías, y ser un poco más ambiciosa.

Mientras disfruto de esos pocos días en los que nos sincronizamos y disfrutamos juntas de sus tomas, en los que me percato de lo maravillosa que es la naturaleza y observo a mi Canija en su forma más pura.

¿Os ocurre también a vosotros? ¿Cómo es vuestra relación madre-hijo?

miércoles, 18 de abril de 2012

Punto de inflexión

Me encantan estos términos matemáticos, además recuerdo cada paso que hay que dar para estudiar una función matemática e ir descubriendo poco a poco su gráfica. Gracias a técnicas matemáticas somos capaces de vislumbrar el aspecto de una función, presentándose ante nosotros como de un dibujo se tratara. Un punto de inflexión, en el argot matemático, es un punto donde una curva pasa de ser cóncava a convexa o viceversa, es decir, es un punto donde una curvatura cambia de dirección.

Pero a mí que me gusta este tipo de términos y mucho más aplicarlos a mi vida cotidiana, os voy a contar cuándo y por qué.

Mi Bichito tiene 33 meses y mi Pequeñín 12. Mi Bichito es una niña, dulce, cariñosa y con unas cualidades excepcionales. Mi Pequeñín es un niño, borrico, muy sonriente y con un potencial en auge. Desde que mi Pequeñín nació mi Bichito ha ido adaptándose a su llegada, ha ido comprendiendo lo que es un hermano, lo que significa compartir, paciencia, espera, respeto, compañía, ayuda, celos y muchos otros sentimientos, tanto positivos como negativos, que experimentan con la llegada de un nuevo miembro a la familia. Y es innegable y de locos no darse cuenta y aceptar que tienen que pasar por éstos y muchos más.

Pero en mi casa ha habido un punto de inflexión muy claro y es que a medida que mi Pequeñín ha ido creciendo, ha ido plantando cara a su hermana. Al principio, por mucho que quisiera no podía, luego lo intentaba, pero siempre ganaba ella, hasta que ya mi Bichito no puede con él. Y es que es increíble verle cómo sujeta y tira cada vez que ella quiere arrebatarle algún objeto que él tiene y lo realmente importante es verles interactuar juntos e intervenir cuando no queda más remedio. Pero ahora que él empieza a andar, a moverse, que empieza a tener un poco de autonomía, ya no se deja quitar las cosas, la planta cara, lucha con fuerza para que su hermana no le arrebate el juguete que posee y que ella siempre quiere. Defiende lo que en ese momento es suyo y tira con tal fuerza que la puede, que por mucho que ella insiste no lo consigue y si se ve acorralado intenta morderla o la amaga con un bocao.

Cuando mi Bichito juega con sus juguetes y él se acerca, me llama diciendo “¡Mamá, qué viene!”, porque entendemos que hay cosas que son de ella y que no quiere compartirlas con su hermano, por mucho que a nosotros nos gustaría, y la hemos hecho entender que mejor nos avise que darle un empujón, unos pellizcos en la cara o tumbarse encima suya a lo Pressing Catch. A veces lo hace, otras uno de los dos termina llorando. Ahora estamos intentando que entienda que no le puede arrancar los juguetes, que si quiere el objeto que tiene su hermano debe de ofrecerle alguno más atractivo para él y que él se lo deje de forma voluntaria. Y con su hermano estamos intentado que comprenda que aunque tiene que defenderse, no debe de hacerlo a mordiscos, pero esto está constándonos bastante más de lo esperado, de ahí que su hermana le llame “pequeño cocodrilo”.

Estaba claro que este momento llegaría, que habría un punto de inflexión en su relación, pero yo creo que mi Bichito no se lo esperaba tan pronto. Para ella ha sido frustrante de pronto darse cuenta que él tiene más fuerza que ella, porque creo que daba por sentado que al ser la mayor siempre podría con él. Nosotros sabíamos que ocurriría, pero la verdad es que nos ha sorprendido también el hecho de que la hegemonía sólo la haya durado un año. Ahora me da la sensación que la frustración que sentía él la empieza a sentir ella y aunque la está costando, está haciendo lo posible por aceptarlo, claro que no la queda más remedio.

Nos surgirán nuevos retos entre ambos que tendrá que ir puliendo poco a poco, porque al fin y al cabo les quedan muchos años creciendo juntos. Mientras sólo espero que no pase de un chichón y unos cuantos lagrimones.

sábado, 7 de agosto de 2010

Cómo disfruta mi bichito con su padre!!!

Esta ha sido la primera semana de vacaciones para los dos y yo he tenido que irme a trabajar tooooooooooooooodos los días, sin excepción, por supuesto. Y he pasado mucha envidia. Me hubiera gustado estar con ellos y poder compartir juegos.

De todas formas he sabido lo que sienten los padres las 14 semanas de maternidad (dado que ellos tienen 15 días) cuando tienen que irse a trabajar y la mujer se queda con su recién nacido. Joo, qué mal deben de sentirse. Yo tacho los días que me quedan para cogerme de vacaciones y poder compartir con mi bichito cada mañana.

La mejor sonrisa, la de recién levantada. Y esa me la pierdo de lunes a viernes. Porque aunque cada mañana me arreglo y espero a que se despierte para darla el pecho, no es la misma sonrisa que cuando la vas a buscar para sacarla de la cuna. Aunque me tiene preparadas otras muchas sonrisas, como cuando vuelvo de trabajar que ilumina cada recoveco del salón.

Es tan bonito verla sonrisa. Y a qué viene este post, pues a que ayer cuando llegué me eché un poco y como no podía dormir les llamé al teléfono que hay en el salón y les dije que necesitaba un abrazo familiar. Así que vinieron los dos a abrazarme y darme besitos y se pusieron a jugar. Y mi bichito no paraba de reírse con su padre. Salía corriendo-gateando del final de la cama hasta el cabecero y se ponía de pie, con la boca abierta y riéndose a carcajada limpia. Qué bonito espectáculo. Y ella no paraba de provocarle para que la hiciera cositas. Y yo ahí, viéndoles cómo jugaban y disfrutando con ellos de sus juegos. Del corre que te pillo, a ver quien es más toro (se chocan las frente y hacen fuerza uno contra el otro) y a ver quien hace la pedorreta más grande. Y yo era la pedorreada!!!

Es tan bonito verles jugar, que disfruté muchísimo con ellos. Me hacía mucha falta y creo que aunque pase envidia cada día, les viene muy bien a los dos pasar tanto tiempo juntos los dos solos. Así aprenderán a conocerse un poco más.

Además, cada tarde, mi bichito y yo nos bajamos a la piscina y su padre cada día baja a última hora. Se pone contentísima cuando le ve.

Han forjado una gran relación, ya la tenían, pero esta semana están afianzándola. Estoy segura que ahora sabe apreciar más a su padre.

¿Qué tal la relación padre-hijo de vuestra familia?