Os escribo desde mi sofá del que apenas puedo moverme excepto para levantarme a hacer pis.
Después de un fin de semana magnífico que ya os contaré volvíamos el domingo de comer con las amigas. Iba conduciendo cuando empezaron a darme contracciones y del dolor se me arqueaba la espalda. Entre cada una de ellas no pasaba ni 5 minutos, así que paré el coche y mi marido me llevó al hospital. Él iba con los niños, por lo que volvió a casa a esperar que alguien pudiera quedarse con ellos y venir al hospital conmigo.
Me monitorizaron, el latido de mi Pizquita era correcto y comprobaron que tenía contracciones cada 5-8 minutos. Después de hacerme una eco y comprobar que mi bebé estaba bien, me midieron el cuello del útero, cerrado, largo y lo importante es que no estaba partido. Mientras hablaba con la ginecóloga me dio otra contracción, de las que doblan a cualquiera y ella pudo comprobar qué tipo de contracciones estaba teniendo. No podía irme sin que remitieran este tipo de contracciones, así que decidió ponerme suero para hidratarme y esperar a ver si modificaba cuello de útero en ese rato.
Las contracciones pasaron de 8 minutos a 10 y luego a 18 minutos y después de más de 1 hora cesaron por completo. Fueron unas horas horribles, no por el dolor de las contracciones si no porque aquello se asemejaba a los pródromos de parto y la última vez que empecé así tuve a mi Pequeñín. Lloré porque estaba asustada, aterrada más bien, sabía que la probabilidad de que mi Pizquita sobreviviera era muy escasa. Cada contracción no sólo dolía físicamente sino que mi alma se partía en dos. Le hablaba a mi Pizquita, la suplicaba que se quedara conmigo, que no era el momento, que tenía que esperar. Y esperó, nos relajamos ambas y las contracciones empezaron a remitir después de 3 largas horas.
Volvieron a reconocerme y no había modificado el cuello del útero, así que me mandaron a casa con progesterona cada 12 horas, reposo domiciliario casi absoluto, revisión dentro de un mes y supresión de lactancia materna.
El personal médico me trató especialmente bien, con mucho cariño y se sentó a explicarme cada cosa que yo les pregunté. No recuerdo haber sentido tanto miedo en mi vida y me arroparon mientras estuve allí. La matrona fue especialmente cariñosa conmigo y la ginecóloga fue muy amable. En mi cabeza se repetía la misma frase, sólo estoy de 22 semanas. Es demasiado pronto, demasiado.
Mi marido, por desgracia, sufrió un cólico mientras yo estaba en el hospital. Se encargó de todo aún estando malito y cuando me dieron el alta, vino a recogerme.
Desde el domingo estoy postrada en la cama y sólo me levanto a hacer pis. Mi madre ha venido a ayudarme, ella me hace la comida para que yo no me mueva, recoge a los niños y se ocupa de todo, dado que yo no puedo hacer nada.
Lo peor que llevo es no poder hacerme cargo de los niños y no poder darles el pecho, eso me consume y me entristece enormemente. Es un destete radical, aunque con mi Bichito ha sido sencillo mi Pequeñín sigue pediéndome y llorando si no le doy. No puedo hablar de ello sin llorar, siento el pecho muy hinchado, esperando a que mi hijo mame y no puedo. Cuando me sienta más tranquila os lo explicaré, ahora no soy capaz de hacerlo.
Espero que todo salga bien, que no vuelvan las contracciones y que mi Pizquita se quede dentro de mí hasta la semana 37. Mi estado de ánimo es malo, el primer día ha sido difícil, me duelen los riñones de las contracciones y la espalda de estar tumbada, yo me encuentro triste y decaída. Pero todo tiene que salir bien.
Según me vaya animando os iré escribiendo, siento que me faltan fuerzas, pero sé que a medida que me encuentre mejor podré hacerlo. Ahora mismo siento muchísimo miedo y no quiero que le pase nada a mi Pizquita.
